Y me pregunto si no me estoy equivocando.
Hoy, sin que ella lo sepa, he entrado y he fisgoneado.
Remordimientos ninguno, soy su madre y es mi obligación saber con quien se relaciona y como, no para castrarla si no para ayudarla.
Le prohibí esta distracción esperando que cumpliera, objetando que todavía era demasiado joven, argumentando la amplitud y peligros de la red y cediendo en el caso de buenas notas a final de curso.
Y me engañó, detesto la mentira, aunque a la pobre le duro un solo día, ya que como decía mi abuelo: se coge antes a un mentiroso que a un cojo.
Pero sí que creo que la culpa, lo cual no justifica su gesto, es mía.
Cuando yo era joven también hice alguna que otra en contra de los consejos, recomendaciones e incluso privaciones de mis padres.
Creo que el miedo está en lo desconocido, en no poder explicar, por mi falta de conocimiento, como gestionar ese inmenso mundo de las redes sociales, al igual que en mí época lo fue para mis padres el que saliera hasta muy tarde cuando ellos, ya de novios, tenían que dejar a medias la película del cine para llegar a casa antes de las nueve
O tal vez sea por falta de tiempo, por falta de curiosidad o porque creo que las amistades son de piel, pero la cuestión es que mi hija, que no ha cumplido los 13, me ha “obligado” a entrar de pleno.
Y en ello estoy, a punto de abrirme una cuenta, buceando como privatizar la información del muro, como etiquetar fotografías de amigos, como agregar o no nuevos contactos…, para poder explicarle que nada es malo si se hace con conocimiento y que es preferible tener cinco buenos amigos que un millón de desconocidos.
¡¡Pero de la charla no se libra!!
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