Hoy como otros días he ido a tomar un café con leche al bar de al lado de casa, un bar que me gusta porque en él no ha pasado el tiempo, sigue con sus mesas redondas de mármol, sus sillas de madera, su barra ajada por los años, sigue siendo el bar del pueblo, sin diseño vanguardista, ni pizarras modernistas, ni paredes decoradas e impersonales.
Allí no me encuentro con nadie y eso me permite ojear algún periódico sin tener que saludar o entrar en conversación – llámame rara si quieres-.
Estaban todos ocupados, los periódicos, y he cogido el Dominical de La Vanguardia del pasado día 12.
Entre otros, había un reportaje que me ha llamado la atención por su tema y su tratamiento científico. Hablaba de los estudios realizados por Helen Fisher, antropóloga de la Universidad Rutgeis, NY. Explicaba el porqué del enamoramiento, el porqué del amor, cuáles son los componentes químicos que reaccionan en nuestro celebro para llevarnos a amar.
Cuando llevaba ya varias columnas leídas se me han nublado los ojos y me he dado cuenta que lo que yo en realidad buscaba era todo lo contrario. Buscaba la explicación, solución o manera científica de cómo dejar de estar enamorada. Como se puede dejar de amar, que no es lo mismo que olvidar, eso no lo deseo.
Como se puede dejar de añorar a alguien que hace ya tanto tiempo que no está a nuestro lado y del que no nos pudimos despedir. Como dejar atrás el lastre del dolor y conseguir que solo nos acompañe el grato recuerdo.
¡¡ Pero eso no lo explicaba!!
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